Adiós Gilberto

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El Guirre

Adiós Gilberto

Yo era un niño insignificante, minúsculo. Un ser que pasaba desapercibido allá donde iba. Era un chiquillo delgado que caminaba por la calle con un complejo de invisibilidad que rozaba la frustración. En aquella etapa de mi vida, con apenas ocho años, tuve la triste desgracia de que mi camino en la vida se cruzara con el de un ser abominable, un desgraciado a quien todos llamaban profesor que se afanaba por enseñarnos a golpes.

Aquella sanguijuela de cara redonda, aquel cobarde de manos gruesas y dedos gigantescos, solía cogernos por el cuello de la camisa y darnos tortazos sin compasión alguna al tiempo que nos insultaba y nos hacía vernos a nosotros mismos como a seres despreciables. Aquella era nuestra prisión, una cárcel sin barrotes, un oscuro agujero donde nos metimos sin ser culpables de nada... En aquella etapa de mi infancia hubo un ser mágico, un ángel caído del cielo que solía retar con una su infinita inocencia y su sonrisa inimitable a aquel desdichado convertido en verdugo.

En las tardes, ahogados por el silencio y el miedo, con las cabezas cabizbajas y la mirada clavada en las páginas de unos libros que jamás entendimos, Gilberto era capaz de devolvernos nuestra condición de niños y nos obligaba a aferrarnos a una infancia que nos pertenecía. Entraba sin esperarlo, con su peculiar manera de caminar, con su cara de niño travieso encerrado en un cuerpo de hombre y soltaba aquella frase mágica que todavía me llega hoy pareciéndome escucharla de sus propios labios: "¿Qué hora es?" decía sonriente y no paraba hasta que el maestro le respondía con gesto serio: "Las cuatro"... Entonces se marchaba llevándose consigo aquel dolor que habitaba en nuestras almas y nos colmaba de miles de cosas indescriptibles que nos hacían sonreir. Nos mirábamos los unos a los otros convertidos en cómplices de su inocencia y nos alegrábamos de que hubiera alguien capaz de aliviar esa rabia y tristeza contenida.

Hoy Gilberto se ha marchado y me ha devuelto de nuevo a la infancia. Pero no quiero quedarme con esa parte amarga y vacía donde padecimos tanto... Me quedo con lo mejor de un ser con un corazón que palpitaba inocencia, que nos regaló lo que mejor sabía hacer: ser él mismo, y nos ayudó a seguir siendo NIÑOS.

 Gilberto

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